Yves Zimmermann

Un museo en Atenas

Publicado en la revista ON 108 – 1989

Quien haya viajado alguna vez a la capital griega, habrá hecho, sin duda, la visita obligada al Museo Nacional de Arqueología, pues en sus salas se encuentran algunas de las obras cumbres del arte griego antiguo. La imponente colección de arte cicládico – con el pequeño tañedor de laúd como obra maestra absoluta – es un deleite para el ojo y el espíritu. Las joyas y las máscaras de oro halladas por Heinrich Schliemann en las tumbas reales de Micenas dan fe de que Homero no exageró cuando cantó el poder y las riquezas de Agamenón. En otra sala, el incomparable Poseidón de 460 a. C. es el majestuoso símbolo de la plenitud espiritual de la época de oro de Pericles. Por lo demás, las obras de las diversas salas, como las esculturas arcaicas, las cerámicas de la época geométrica o las numerosas piezas y esculturas de bronce evidencia que éste es uno de los grandes museos del mundo.

En la Acrópolis, otro museo deslumbra al visitante. Ahí las miradas de las antiguas deidades todavía nos contemplan desde sus marmóreos rostros. La Atenea Pensante, un alto relieve en mármol de modestas dimensiones, en el que la diosa se apoya pensativa en su vara, ha sido descrito como la obra que más puramente representa la esencia ática: el espíritu ático-ateniense que piensa el límite. Nada puede apagar la luminosa juventud y belleza de la antigua protectora de Atenas, ni siquiera el lugar poco digno que le ha sido asignado a la diosa en este museo.

El museo Benakis ofrece al visitante otro aspecto de la cultura griega. Alberga obras de todas las épocas de la historia griega. Esculturas cicládicas; figuras votivas; pintura religiosa bizantina; iconos; tejidos del medio-oriente; biblias escritas a mano y un gran número de vestidos tradicionales de las islas y de varias regiones de la Grecia continental.

Para el visitante interesado por el aspecto militar y estratégico de la lucha ancestral de los griegos por su independencia frente a los permanentes invasores del Este, hay un Museo de la Guerra donde, mediante maquetas, se muestra en qué entornos geográficos y de qué modo se libraron, p. e., las decisivas batallas de los atenienses contra los persas en Marathon y Salamis o la de los espartanos en las Termópilas.

Hay un gran número de otros museos de interés, tanto en la misma Atenas como en el resto del país, pero quien los visite advertirá que todos ellos tienen un rasgo común: la pésima forma de exhibir las obras de arte que contienen. Por regla general, éstas carecen de cualquier explicación. En los casos aislados donde la hay, aparece solamente en griego y es sumamente escueta de modo que si el visitante no es estudioso del arte griego antiguo o si no tiene el conocimiento previo de las obras expuestas, verá muchas maravillas, pero no sabrá ni lo que ha visto ni podrá situar una obra en época o contexto alguno. Esta falta de información es frustrante para quien además de ver, quiere saber. El Museo Nacional de Arqueología no tiene catálogo exhaustivo de las obras expuestas. Por otra parte, la iluminación en éstos museos no está pensada en función de las obras; el color y el material que hacen de fondo a las mismas no han sido en modo alguno objeto de estudio. Este estado de cosas se repite tanto en los museos estatales como en los museos fundados por particulares, de los que, por cierto, hay un número sorprendente.

Uno de ellos, inaugurado en 1986, es la Fundación Nicholas P. Goulandris de arte cicládico y griego antiguo. Visitarlo evidencia con más crudeza, si cabe, los defectos de los demás museos precisamente porque el modo de exhibir las obras, iluminarlas y de informar acerca de cada una de ellas, es aquí modélico. Además, la visita es gratificante por la arquitectura de su edificio. Se halla en el centro mismo de la ciudad, a pocos minutos de la plaza Syntagma, en la Odos Neofitou Douka, una tranquila calle del barrio Kolonaki.

En una superficie de 1300 m2 se exhiben obras que seguramente constituyen la mejor colocación de arte cicládico y griego antiguo del mundo. La calidad de las piezas y el asombroso número de obras maestras demuestra un certero y exquisito criterio de selección trás el que se adivinan unos recursos económicos poco comunes. La existencia de semejante colección, creada por un ciudadano particular, es entendida por su fundador como un acto patriótico-cívico para restituir a su país las obras de arte de la antigüedad “exiliadas” en el extranjero, como diría la ex-ministra de cultura griega, Melina Mercouri.

Grecia, por su situación geográfica y su antigua grandeza, ha sido una tierra violentada a lo largo de su extraordinaria historia. Aún hoy, la hostilidad con su vecino del Este es un permanente recuerdo de que Occidente, Europa, termina aquí, en Grecia. Fue, y sigue siendo, un país de frontera. Ocupado y sometido, fue, como no, expoliado de los restos culturales de su pasado. Ninguna de las grandes naciones europeas ocupadoras se salva de esta acusación de vandalismo cultural. En el British Museum, en el Louvre y en otros museos, es donde se hallan los botines de los saqueadores de la herencia cultural griega; ahí están los trofeos arrancados por conquistadores de todo signo a sus lugares de origen. Son momias encerradas en sarcófagos de la cultura, carecen de lo que en última instancia les daba sentido: el paisaje, la luz de la Hélade, su contexto. Pero el vandalismo no ceja con sus atropellos; aún hoy, numerosas tumbas están siendo violadas, antiguos asentamientos excavados ilegalmente y los hallazgos vendidos a traficantes de arte; acaban después en las grandes subastas internacionales.

Es sobre este trasfondo de permanente peligro para los vestigios de la antigua cultura que se sitúa esta acción de “salvamento” particular, que culmina, primero, en la creación de la colección y, más tarde, en la construcción de una sede permanente para ella: la Fundación Nicholas P. Goulandris. Este hombre fue un importante armador, industrial y filántropo, aunque nunca alcanzó tan notoria celebridad como alguno de sus colegas de profesión. Durante veinticinco años, él y su esposa hicieron uso de su fortuna para comprar y repatriar muchas de las obras sacadas del país. Fruto de esta pasión constante es esta asombrosa colección de arte cicládico y de arte griego antiguo.

El conjunto de la colección abarca más de quinientas obras que representan las principales épocas de la cultura griega, desde las primeras esculturas del arte cicládico de 3.200 a. C. hasta las cerámicas, los bronces, las joyas de oro, las losas funerarias de la época helenística o los vidrios romanos del s. VI d. C. Todas ellas en excelente estado de conservación. La riqueza y variedad de las piezas cicládicas arroja nueva luz sobre un arte principalmente conocido por sus características esculturas de figuras femeninas, generalmente de pequeñas dimensiones, al principio en forma de guitarra, más tarde con unos rasgos humanos extremadamente estilizados, esencializados. La figura femenina de mármol de más reciente adquisición es, por tanto, enorme pues mide 1.40 m. de alto. En esta colección hay además una gran variedad de utensilios e instrumentos de bronce, figuras pequeñas como talismanes, jarras y cuencos de diversas dimensiones, labrados todos ellos en mármol, con un espesor de pared no mayor de 3 ó 4 mms. En un cuenco redondo, de 40 cms. de diámetro, con una pared de 5 cms. de alto, se halla dispuesta una sucesión de palomas en fila, muy estilizadas, y que atraviesan de par en par el cuenco: ¡todo ello labrado en una sola pieza de mármol! Asombroso.

“Aparte del Museo Nacional de Arqueología de Atenas, ningún museo tiene una colección de antigüedades cicládicas que pueda competir en rango y calidad con la colección Goulandris” dijo el director del British Museum. Después de haber sido exhibida en Londres, París, Tokio, Kyoto, Houston y Bruselas, la colección Nicholas P. Goulandris encontró al final su morada permanente en el edificio de la Odos Neofitou Douka, obra diseñada por Yiannis Vikelas, un prominente arquitecto ateniense. El matrimonio Goulandris confió el diseño del edificio directamente a Vikelas por la gran calidad de su arquitectura. Y, efectivamente, quien dedique algún tiempo a recorrer la capital griega en búsqueda de buena arquitectura descubrirá que, en el caos arquitectónico de esta ciudad, numerosos edificios de verdadera valía son suyos.

El edificio es una obra maestra de coherencia. Nada en él escapa a un riguroso criterio. A lo largo de toda la visita se percibe en todo el entorno arquitectónico la manifestación de un evidente rigor que entiende el edificio como un todo integral, desde la fachada hasta el billete de entrada. En la planta baja, la información gráfica y escrita, que sitúa al visitante en el contexto cultural e histórico del arte cicládico y griego antiguo, es excelente tanto en su resolución formal como en su ejecución.

Las explicaciones, en griego e inglés, son extensas y tipográficamente bien resueltas. Esta planta goza parcialmente de la luz natural de un amplio patio adyacente. La puerta de vidrio que se abre sobre él da acceso a un espacio lleno de plantas y flores; una viña joven se enarbola por una red metálica que en el futuro hará de techo vegetal a este jardín, idóneo para tomar un café. A la izquierda de esta puerta, antes de salir al jardín, se ubica una tienda donde se venden excelentes publicaciones en inglés sobre el arte cicládico o griego antiguo. Las obras de la colección Goulandris reproducidas en diversos soportes están bien fotografiadas y reproducidas. La imagen corporativa, desde la factura hasta el papel envoltorio, constituye un discurso coherente con el discurso de la arquitectura.

Desde la planta baja, se accede a las plantas superiores en ascensor o por una escalera de mármol blanco. La señalización en cada una de ellas está diseñada con el mismo criterio de claridad y discreción como los paneles informativos. En la primera planta se ubica la colección de obras de la cultura cicládica. La sala en la que están expuestas las piezas es oscura. Todo el clima visual es de gran quietud. Se entiende esta oscuridad cuando se ven las obras: es necesario descansar la vista, des-excitarla; aún más: purificar la mirada antes de poder aprehender en su esplendor, y sin que nada interfiera, estas obras que nos llegan del inicio de los tiempos y que a la vez son extrañamente contemporáneas. La sala está proyectada para un recorrido en forma de U. Todas las obras están detrás de vitrinas protectoras y las únicas luces en la sala son aquellas dirigidas sobre las obras mismas y que da una tenue luz ambiente a la sala. Se alzan así en un espacio virgen y oscuro que, a su vez, re-alza su pureza. Gozan de un protagonismo que les viene dado por un entorno voluntariamente relegado a la oscuridad, de color uniforme y por una arquitectura interior que no compite con la unicidad de las obras. Entre ambos configuran el silencio visual que reina en esta sala. Suelo, techo, paredes y fondos de las obras son, salvo pocas excepciones, de un mismo tono gris-azul. Las vitrinas expositoras y los elementos de soporte son de un refinado trabajo de carpintería. Cada vitrina lleva un número que indica el orden cronológico de la exposición. Asimismo, cada pieza está provista de un número que remite a una explicación en griego e inglés.

Las obras son en su gran mayoría de mármol color miel, la tenue luz ambiente tiende a ser amarillenta y entona con el color de las mismas. Cada época evolutiva de este arte viene representada por una o varias obras, cada una de ellas de extraordinaria belleza. Muchas son obras maestras. Las cabezas de mármol son llevadas a una depuración expresiva tan suprema que se diría que la esencia misma de lo representado se ha hecho materia.

La visita a la segunda planta es una experiencia visual distinta aunque coherente con la anterior. Aquí se encuentra la colección de arte griego antiguo; las obras abarcan un tiempo histórico que va desde el 2000 a. C. hasta el s. VI d. C. Las distintas épocas del arte griego antiguo, como la minoica, la micenáica, la arcaica, la clásica o helenística, están representadas, al igual que en la colección de arte cicládico, por obras deslumbrantes, muy bien conservadas y representativas. Alberga además la colección Lambros Evtaxias de obras de bronce. El recorrido por esta sala se efectúa también en forma de U. Y la arquitectura interior sigue asimismo idénticos criterios de discreción y retenimiento. La gama cromática de cerámicas, esculturas, joyas de oro, estelas funerarias, abarca todos los matices del color de la tierra: gris-amarillo-marrón-beige. De estos tonos es también el entorno: los fondos de las obras, las vitrinas expositoras, los elementos de soporte, el color de paredes, techo y suelo. Y en esta planta todo es iluminación, no hay oscuridad. Y también aquí la arquitectura se disuelve, pero esta vez en la luz; no hay ruptura visual entre obra y soporte: se integran íntimamente.

El diseño de las instalaciones, de la iluminación y del cromatismo de ambas plantas es obra de los norteamericanos Gordon Anson y Elroy Quenroe. Fueron elegidos por su trabajo en el diseño de la exposición de la National Washington Art Gallery Collection.

La tercera planta es un gran espacio ancho y generoso que no está subdividido como las plantas inferiores: goza de luz natural. Alberga exposiciones temporales. En el momento de la visita se mostraban, con grandes ampliaciones fotográficas a color, obras diversas que ilustran el re-encuentro contemporáneo con el universo escultórico de la cultura cicládica en obras de Brancusi, Moore, Turnbull, Picasso, Modigliani y Giacometti. En las cuatro paredes hay dispositivos para suspender cuadros y un sistema móvil de iluminación de las obras expuestas.

La Fundación Goulandris es un lugar vivo, ofrece programas permanentes de conferencias y simposios que tienen lugar en la cuarta y última planta. En ella hay una moderna infraestructura técnica para visionar cualquier modalidad audio-visual con un pequeño aforo de 50 asientos.

En la única planta subterránea del edificio se ubica una pequeña cafetería muy bien atendida; el resto del espacio está dedicado a una exposición didáctica permanente sobre la cultura cicládica para niños. Se ven muchos dibujos infantiles colgados ordenadamente en la pared; sobre las estanterías hay figuras de arcilla: ensayos infantiles para aprender a entender el arte cicládico.

En la otra parte del edificio, donde están situadas las oficinas administrativas, prevalece una arquitectura moderna, nítida y funcional. El vaivén de las secretarias y la rapidez del tecleo de las máquinas indican eficacia. El contacto con los empleados del museo es de gran cortesía y amabilidad.

Cuando se abandona el edificio y se vuelve a salir a la calle, a la ciudad, a su ruido y su ajetreo visual, uno siente de pronto dentro de sí la quietud del lugar que acaba de abandonar, una quietud que envuelve a las obras y las guarda puras en la memoria. Se siente también agradecimiento y admiración por los autores de este magnífico edificio porque han sabido configurar una arquitectura al servicio de las obras y del visitante. Al contrario de lo que ocurre en buena parte de la arquitectura contemporánea, donde prevalece lo sobre-diseñado, los autores han sabido reprimir todo afán protagónico de crearse a sí mismos un monumento para la posteridad. La arquitectura interior de la Fundación ha sido concebida para hacerla “desaparecer”, por así decirlo, de la percepción del visitante, utilizando para ello la oscuridad en un caso, la luminosidad en otro. Con lo que se confirmaría que el mejor objeto diseñado es aquel que no aparenta haber sido diseñado.

Yiannis Vikelas, el arquitecto de la Fundación Nicholas P. Goulandris, tiene su despacho al lado de un elegante rascacielo de vidrio diseñado por él. Para acceder a sus oficinas hay que bajar por una escalera a un gran espacio abierto, rehundido a 3 o 4 metros de profundidad de forma aproximadamente octogonal. En los límites de este gran espacio, cuya dimensión es de varios centenares de m2, se encuentran diversas oficinas. El concepto recuerda la arquitectura troglodita de Matmata en Tunicia.

De ademanes quietos y elegantes, Yiannis Vikelas es un hombre cordial, de habla suave, sentido del humor y apasionado de arquitectura. Estudió en la facultad de Arquitectura de Atenas y, después de trabajar siete años en el despacho de otro arquitecto, abrió su propia oficina. Hay una buena representación de su obra en la separata Ellines Architéktones (1987).

Aprovechando esta entrevista le llevé unos carteles del pabellón alemán Mies van der Rohe en Barcelona, recientemente reconstruido. Manifestó una gran alegría pues le dio la oportunidad de hablar de Mies con devoción; de hecho, lo considera uno de sus maestros, el que tal vez mayor influencia ha tenido sobre la evolución de su obra. Para corresponderme se fue a buscar un dibujo en perspectiva de un edificio suyo. Allí se veía nada menos que el propio pabellón de Barcelona, ¡sólo que concebido como vivienda unifamiliar! El mismo se reía de este “pecado de juventud”. Luego señaló uno de los numerosos dibujos que cubren las paredes de su despacho. Era su proyecto (realizado) de la embajada griega en Brasilia, una obra al parecer muy apreciada por el propio Oscar Niemeyer, el arquitecto planificador de la nueva capital y otro de sus maestros. Vikelas afirma que aparte de sus propios estudios ha aprendido mucho de otros arquitectos, viajando por todo el mundo y estudiando sus obras “in situ”. Conoce España y algunos de sus arquitectos; manifiesta una gran admiración por la obra de Coderch.

Dos constantes parecen caracterizar la obra de Vikelas que abarca desde 1969 hasta 1985: en los materiales, la frecuente utilización del vidrio-espejo negro, solo o en combinación con mármol blanco, con la consiguiente presencia de la relación blanco/negro, luz y no-luz; en lo formal, un racionalismo elegantísimo que destaca fuertemente sobre la mediocridad arquitectónica de los edificios “modernos” de Atenas. Algunas de sus obras se incorporan al entorno urbano de la ciudad sólo porque son edificios-espejos que reflejan todo lo circundante; son edificios-pantalla de líneas depuradas, sensuales, sensibles.

En las obras posteriores a 1985 se perfila una evolución estilística: aparecen referencias clásicas. En un importante edificio de oficinas de mármol blanco en la calle Vassilis Sofías, la estructura visual de la fachada muestra una concepción simétrica, clásica, y encima y al lado de las ventanas aparece, por relieve, la figura-símbolo triangular de la arquitectura post-moderna: el frontón. En otro proyecto, aún en estudio, la presencia de elementos clásicos en un edificio claramente heredero del racionalismo es todavía más evidente: delante de un edificio de vidrio negro construido en forma de L se alzan unos pórticos constituidos por fragmentos de frontones sobre columnas. La idea que se desprende es la de la edificación de unas ruinas. En un proyecto reciente, no realizado, estos elementos clásicos están directamente incorporados al edificio, éste también de vidrio-espejo.

La arquitectura post-moderna ha suscitado mucha polémica y muchos interrogantes, como, por ejemplo, hasta qué punto no hace un espectáculo de si misma. ¿Qué sentido tiene una arquitectura a la cual no corresponde ya su equivalente modo de vivir? La arquitectura post-moderna parece revolcarse en un estado de hiper-formalización, tal vez porque es impotente para pensar y generar la morada épocal del ser humano en esta tierra. Con todo, hay que admitir que un edificio moderno, portador de referencias clásicas en Atenas, es una proposición distinta que un edificio de similares características en Nueva York o París, pues el sentido y la justificación le vienen dados por el contexto: columnas y restos de edificios de la Atenas clásica están por doquier en toda la ciudad.

En cualquier caso, la misma pulcritud y contundencia del decir arquitectónico manifiestos en el edificio de la Odos Neofitou Douka, están también presentes en las demás obras. Sorprende la calidad de sus acabados, sobre todo en un país en donde las obras recién inauguradas ya tienen el inconfundible hálito de la construcción provisional que nunca se acaba, el aspecto de lo envejecido prematuramente.

Cuando Vikelas comenzó a pensar el edificio de la Fundación Goulandris, era muy tentador recurrir al estilo “neoclásico”, dice, porque, además, no implicaba ningún riesgo. Hubiera sido una solución “coherente” y “lógica”, considerando su contenido. No obstante, creyó necesario buscar y crear algo que fuera más que una forma comúnmente aceptable porque, en el ámbito de la arquitectura, la relación con el pasado, a través de la repetición y la imitación, “tiende a ser una morbosa nostalgia”.

Vikelas: “Nosotros creemos que la esencia (soul) de un país y de sus gentes perdura en los valores del arte y no en sus formas cambiantes; por aquello que está en el trasfondo de la imaginación creativa de sus gentes alimentado por su historia. El estilo austero y la geometría de las formas de la internacionalmente famosa colección de arte cicládico (…) decidió la línea estética del edificio”. (…) “Esperamos que esta obra… haya sido concebida de acuerdo con las ideas de nuestro país: las proporciones armónicas de forma y superficie, el contraste de claro y oscuro, la conexión entre el todo y el detalle y, finalmente, de acuerdo con la relación dialéctica, de lo atrevido y lo discreto, lo viejo y lo nuevo”.

Unos propósitos que, como cualquier visitante podrá comprobar, se han conseguido materializar de manera sobresaliente en esta bella obra.